El barrio de Eleizondo, en Zeanuri, se viste este sábado, 14 de febrero, Día de San Valentín, para mantener viva una de las tradiciones más singulares del territorio: la medición de la encina de la ermita de la Piedad. Será la 68ª edición de un ritual que combina fe, costumbre y un punto de curiosidad etnográfica.
Los hermanos Pedro y José Antonio Lejarza serán los encargados de abrir la jornada tocando las campanas a mano. No es un detalle menor: son hijos de Iñaki Lejarza, el último campanero de la parroquia de Andra Mari. A sus 92 años, Iñaki sigue siendo el vecino más veterano del barrio y este año ejercerá además de mayordomo saliente. Quienes lo deseen podrán subir al campanario para ver y escuchar de primera mano el repique manual, tanto a las 11:30 como a las 12:00.
Procesión y relevo
A mediodía se celebrará la misa en la parroquia. Tras ella, se trasladará la imagen de San Valentín en procesión hasta la ermita de La Piedad, a unos 50 metros. Allí quedará el santo hasta el año que viene.
Uno de los momentos centrales llegará después, frente a la encina. Allí se procederá a la medición del árbol y a la firma del acta en el libro de documentos. En ese instante se producirá también el relevo del mayordomo: Iñaki Lejarza entregará la llave de la ermita y el libro a Aitor Intxaurraga.
La alegría de la música de los txistularis y los versos de Arkaitz Estiballes sonarán durante la fiesta.
68 años de medición
La historia de esta tradición está bien guardada en cuadernos y papeles. Pedro Lejarza recuerda sus orígenes: la encina actual se plantó en 1958 para sustituir a otra que había en el mismo lugar. Al año siguiente, en 1959, comenzaron a medirla. “Zeferino Lejarreta, del casería Gorordo, se encargaba de tomar la medida. A veces después de comer, otras después de cenar, en ambiente festivo, con volanderas y versos”, explica.
En esos primeros registros, fechados en 1959, puede leerse: “La medida de la encina de la piedad, en los años medidos. Grueso a la altura de 1,50: 0,18”.
La costumbre se fue diluyendo con el tiempo. El último apunte antes del paréntesis lo firmó Kandido Intxaurraga en 1999.
En 2007, un grupo de personas del barrio decidió recuperar la tradición. “Quisimos darle oficialidad”, señala Pedro Lejarza. Al año siguiente, 2008, se cumplían 50 años de la plantación del árbol, y se abrió el libro de documentos que aún hoy se utiliza. En él firman cada San Valentín el medidor, el mayordomo y el secretario.
El testigo
Desde 2016, el encargado de rodear el tronco con la cinta métrica es Igor Intxaurraga. Tomó el relevo de Gregorio Lejarreta, hijo de Zeferino, quien realizó la medición hasta 2015, año de su fallecimiento.
El año pasado, la encina marcó 194 centímetros de perímetro y 1,50 metros de altura. La pregunta flota en el ambiente este 14 de febrero: ¿Cuánto habrá crecido en estos 12 meses?
Entre misa, campanas, procesión, versos y cinta métrica, Eleizondo volverá a cerrar su particular celebración de San Valentín.






