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Bizkeliza 5 Caridad y Justicia 5 “En los hospitales nos ha tocado resituarnos y buscar cómo estar cerca de las personas acompañando su dolor»
07.05.2020
Servicio Religioso y Espiritual del hospital de Santa Marina:

“En los hospitales nos ha tocado resituarnos y buscar cómo estar cerca de las personas acompañando su dolor»

A lo largo de estas últimas semanas hemos publicado varios testimonios de personas de la Pastoral de la Salud de la Diócesis que nos ofrecen su experiencia en estos días tan complicados en los centros sanitarios. Hoy es Mª Mar González, y su testimonio nos llega del hospital de Santa Marina, que hace unos meses celebraba su 75 aniversario. “Un hospital creado, en su día, para acoger a las personas enfermas de tuberculosis, lejos del centro de Bilbao donde las personas enfermas descansaran, respiraran aire puro y donde no contagiaran a nadie de aquella terrible enfermedad. Aquellos días muchas personas decidieron vivir en el hospital para cuidar a las personas enfermas aún a riesgo de enfermar ellas mismas. Entre esas personas había religiosos, religiosas y sacerdotes trabajando codo con codo con el resto del personal haciendo más fácil la vida de los pacientes y sus familias”, explica Mª Mar. Hoy, -dice- llegan al hospital las personas enfermas más vulnerables, “las últimas en la lista de prioridades, son personas mayores, pluripatológicas, con enfermedades crónicas y muchas con trastornos cognitivos. A toda esta debilidad se le suma el temido coronavirus que deja su vida pendiente de un hilo, y les llena de temor por que todo lo que han oído es que gente mayor está muriendo en todo el mundo por causa de esta enfermedad. Han salido de sus casas y no creen que vayan a volver. No dominan las tecnologías, muchos no saben ni dónde están, pero sienten que no es en su casa y que no es su familia la que está a su lado, pese a que todo el personal se esmera en conseguir que se sientan como en ella”.     

Ante esta situación, la presencia del Servicio religioso y espiritual (SARE) no ha sido la habitual. La soledad, que a menudo acompaña la enfermedad, ahora se convierte en algo generalizado. “Nos ha tocado resituarnos y buscar cómo estar cerca de las personas, cómo acompañar este dolor, cómo acompañar religiosa y espiritualmente reduciendo la presencia. ¿Qué hacer? Pues lo que siempre ha hecho la Iglesia en estos momentos y es estar junto a las personas enfermas. Nuestra fe no nos permite mirar a otro lado. Hay que buscar cómo, cuándo y dónde, pero hay que estar, hay que prepararse como hace el resto del personal. Y junto a las tareas de siempre (escuchar, acompañar, rezar, celebrar, despedir, acoger…) surgen otras que nunca hubiéramos pensado tener que vivir (vaciar la capilla, suspender las misas, no cruzar el pasillo, no pasar a planta, comunicarse de forma virtual, aprender a ponerse un EPI, a lavarse las manos, a usar una mascarilla, limpiar y limitar el riesgo”.

Mª Mar recuerda que una tarde al irse hacia casa oyó en el pasillo que se les decía a los familiares, a partir de mañana no habrá visitas y se me encogió el corazón”. No quedaba más remedio, es lo que hay que hacer, pero te llena de dolor pensar que alguien puede salir de su casa una tarde y no volver a ver nunca más a su familia. “Algo que hace aumentar el dolor de la ya dolorosa por sí sola enfermedad”.

Al suspender las visitas de las familias se propuso al SARE participar en una iniciativa que facilitara en la distancia conectar a las personas enfermas con sus familiares, recibir sus cartas y fotografías y entrar en las habitaciones para hacer videollamadas, poniendo a las familias y a los pacientes en contacto. Y así, como cada día llamo a mi madre para mantener la cercanía en la distancia, llamo también a la hija de Juan, al nieto de Lucía, a la sobrina de Sara, a la biznieta de Marcos,… así hasta la gran mayoría de las familias de las más de 400 personas que han estado ingresadas en Santa Marina estas semanas y a las que el covid 19 ha dejado en una cama, sin más recursos que la ayuda del personal hospitalario. Y toca compartir entre extraños la alegría, el miedo y la incertidumbre. Me permiten entrar en cada casa, en cada familia y conocerlos un poco mejor. No importa quién eres o en qué crees, no importa si eres creyente o no, o eres de otra confesión religiosa. Se trata de personas, se trata de humanidad, las etiquetas se dejan a un lado y todo y todas somos iguales, en la fragilidad nos necesitamos para salir adelante. Celebramos con el que se va y lloramos con el que se queda en el intento. El EPI que, en principio, nos aleja, al final, nos hace iguales. Yo lo hago desde mi fe, otras personas lo hacen desde su ética profesional, o desde el amor al ser humano. Mano a mano somos uno y dan igual las diferencias porque no separan, sino que complementan. Todos con un mismo fin y más seguros y seguras que nunca de estar donde tenemos que estar y de que somos un equipo donde todas las personas nos necesitamos”. Aunque en algunos lugares se han empezado a dejar recibir visitas, Mª Mar continúa con las familias que por estar en cuarentena o por ser ellos mismos pacientes de riesgo, continúan sin poder ir.

“Cuando estoy dentro, cuando la persona enferma me mira intentando encontrar un ser humano debajo de todas esas medidas de protección, solo me importa hacer llegar un poco de calor a esa persona que tanto ha dado a esta sociedadconcluye Mª Mar-. Me siento portadora de esperanza y de deseos de volver a estar juntos, un soplo alentador. ‘Recuerda que no estás sol@, que te esperan en casa y tiene sentido tu lucha”. Pero “¿Dónde están mis hij@s?’ me preguntan, incapaces de entender por qué no están a su lado. Cuando les llamamos y les ven en la pantalla sus ojos se iluminan y la sonrisa aparece en sus corazones, surgen las lágrimas, la emoción, la gratitud, … `Es mi hij@’ me dicen ‘está ahí y entonces su soledad y la de los suyos es un poco menos sentida, su esperanza se enciende de nuevo y el sentido por vivir recobra sus fuerzas, y quizás, hoy, mientras duerman soñarán que han estado con ellos y los han abrazado de nuevo. Esas familias comprensivas con la situación se emocionan de poder comunicarse mínimamente con su ser querido, ponen en mis manos su intimidad, sus vidas, sus sentimientos… verlo un ratito a través del teléfono y agradecer, comprender que, aunque les gustaría no colgar nunca, lo tienen que hacer y esperar a que haya una nueva oportunidad. Y el miedo se te olvida, y sientes que merece la pena estar ahí, a su lado, haciendo presente el amor de Dios en estas largas horas de hospital. Ahí de donde nunca nos hemos ido”.

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Imagen: La 1 (Telenorte)