Un mes del doble terremoto del 24 de junio de 2026.
Lecturas: Lamentaciones 3, 17-26 · Salmo 129 · Juan 11, 17-27.
Hace cien mil años, mucho antes de que existiera una sola oración escrita, un grupo de hombres cavó un hoyo en la tierra y puso dentro a uno de los suyos. No sabemos qué creían. Sabemos que lo hicieron. Antes de la escritura, antes de la rueda, antes del pan: enterrar a los muertos. Es algo que nos define como seres humanos. Algo de lo que brota nuestra dignidad. Y a ustedes, permítanme utilizar hoy el ustedes latino -a nosotros, porque hoy esta casa es la de Venezuela y sus muertos son también nuestros- hasta eso se les ha quitado.
Hace un mes
Hace un mes, a esta hora, todavía no había pasado nada. Aquella costa estaba como siempre. La gente cenaba, discutía, colgaba la ropa. Pero debajo, la tierra ya se estaba preparando para moverse dos veces. De todo lo que damos por seguro, lo último que se nos ocurre poner en duda es el suelo. Uno duda de casi todo, pero no del suelo. Y en cuarenta segundos la tierra deja de ser suelo. Se levanta. Se abre. Se traga la cocina, la escalera, la cama donde alguien estaba durmiendo. Ni siquiera es posible saber cuántos. Una cifra indeterminada. Y una parte de esos cuerpos no podrá ser identificada nunca.
Un mes después nos damos cita aquí, a siete mil kilómetros, en esta catedral con lo que nos quedó: un teléfono que sonó a deshora, un mensaje que hubo que escuchar tres veces porque no se entendía bien o no se podía creer, una llamada que se cortó. Muchos sin ataúd. Sin tumba. Sin funeral. Sin el gesto más antiguo que tiene el ser humano, que es coger un puñado de tierra con la mano y dejarlo caer sobre los restos del ser querido. Y quien no ha podido echar esa tierra lo sabe: el duelo no comienza. Se queda ahí, atascado, girando en círculos. A ustedes les toca unirse en la distancia. Porque ustedes estaban aquí, trabajando, viviendo, mandando dinero, haciendo lo que hace un emigrante: abrirse paso en la vida y, además, sostener a los suyos desde lejos.
Convocados por el pan y el vino de la eucaristía
Y aquí nos encontramos, en esta tarde de viernes, convocados por el pan y el vino de la eucaristía, lo más parecido a una sepultura que van a tener muchas de las víctimas. No es poco. Es lo que tenemos, y es lo que podemos ofrecer. Esta celebración no sustituye la sepultura ni la despedida imposible, pero nos permite poner en las manos de Dios a quienes no alcanzamos a decir adiós.
El texto de Lamentaciones que hemos escuchado no es solo un poema bello. Es una declaración de resistencia. Lo escribió un hombre sentado entre los cascotes de una ciudad arrasada, con los muertos todavía sin enterrar, sin nada en las manos. Cuando dice «me han arrancado la paz y ni me acuerdo de la dicha», no está haciendo literatura. Está describiendo un desgarro. Y cuando dice «se me acabaron las fuerzas y mi esperanza en el Señor», tampoco está fingiendo devoción: está confesando que no puede más. Eso es la Biblia, experiencia humana acumulada de siglos. Dios no se ofende cuando alguien le grita desde lo hondo; se ofende cuando construimos sobre mentiras de superhombres, con pretensiones vanas de remediarlo todo y superar definitivamente la fragilidad humana.
Y unos versículos después, ese mismo hombre, todavía con el mismo polvo en la boca, abre una ventana a la esperanza y reza: la misericordia del Señor no termina; se renueva cada mañana. No ha habido milagro en medio. La destrucción sigue ante sus ojos. Nadie le ha explicado nada. Simplemente ha amanecido otra vez. Y descubre que la misericordia de Dios se refleja justo en eso: en el día nuevo que tercamente se abre una vez más encima de una ciudad que ya no existe.
Las dos frases salen de la misma boca. «Se me acabaron las fuerzas» y esa esperanza que «se renueva cada mañana». No se contradicen. La segunda no borra la primera: la carga a hombros. Y el que ha llorado de verdad sabe que es así: que uno se derrumba a las tres de la madrugada y a las siete pone la cafetera, porque hay que ponerla. La mañana siguiente llega igual. Y hay que reconstruir lo caído: vidas y edificios.
Ninguno de nosotros se concedió la vida. Ninguno pidió nacer. Nadie eligió la casa, ni el barrio, ni el año, ni la lengua en que iba a aprender a decir mami. Nadie puso su corazón en marcha: latía antes de que supiéramos que lo teníamos. La vida nos la entregaron dormidos. Y por eso, ante tanta víctima inocente que se acumula en la historia -gente que no le debía nada a nadie, gente que dormía- aparecen dos caminos: o todo esto es un gran absurdo, o Aquel de quien recibimos la existencia ahora perdida es también quien puede rescatarla y darle sentido en una plenitud más allá de la muerte. No hay otra esperanza que no mienta. Todas las demás se acaban en el funeral.
Marta le sale al camino a Jesús para hacer al amigo un reproche: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.» ¿Dónde estabas? Jesús no le explica nada. No pretende justificar nada. No pretende darle los motivos. Ante la experiencia de la muerte, de estas muertes, de todas las muertes dolorosas, incluso absurdas, tan solo dice: «Yo soy la resurrección y la vida».
Y Marta le responde «sí, lo creo», y así acaba la lectura de hoy. Ahí. Lázaro no sale de la tumba. Nadie deja su mortaja esta tarde. Marta cree a oscuras, sin ninguna prueba, con el hermano todavía enterrado. Hoy Marta nos invita a creer cuando ningún cuerpo parece levantarse o salir de entre los escombros.
También nosotros, creyendo a oscuras, podemos decir con ella y con muchas mujeres y hombres que nos han precedido en la experiencia de caminar de noche iluminados solo por la antorcha de la fe: Dios no ha perdido a ninguno. En su lista no falta ningún nombre. Bajo cada tonelada de hormigón, Él sabe exactamente quién estaba. Los identificados y los que no podrán serlo, todas, todos están ahí para Dios. Nadie desaparece olvidado.
Pidamos fuerza para toda esa gente
Y ahora, los vivos. Los que siguen allí, luchando, con las manos removiendo escombros, apuntalando lo que queda, levantando nuevas paredes; con un país entero por rehacer y muy poco con lo que hacerlo, en medio de tensiones, de dificultades económicas y materiales, de conflictos de todo tipo. Pidamos fuerza para toda esa gente. No ánimo: fuerza. Fuerza de espalda, de riñón, de la que aguanta en el duro trabajo. Y fuerza en el empeño de seguir construyendo un país renovado, sacando chispas a lo poco o mucho que haya, cuando ya nadie se acerque por allí a filmarlo.
Déjenme decir una cosa más, que no sale de mí: sale de los muertos que ahora viven en Dios. No han muerto los de un bando. La tierra no preguntó a nadie qué pensaba antes de caerle encima. Los que murieron son un solo pueblo. Y tal vez ellos, ahora que han sido arrebatados a lo alto, puedan ayudar rompiendo barreras y prejuicios, abriendo nuevos caminos de justicia, acercando a quienes se sienten distantes; tal vez logren el milagro de que el bien común se abra con fuerza por encima de los intereses particulares. La paz y la unidad no son sentimientos bonitos. Se construyen sobre el respeto a la dignidad de las personas, de cada persona.
Unidos en una misma esperanza
Vivos y difuntos unidos en una misma esperanza: que aquel querido pueblo se levante y que tanta muerte se convierta en semilla de un país renovado. Hoy no enterramos a los muertos. Hoy los encomendamos, y nos encomendamos a ellos. Para que, unidos a ese Dios que es Trinidad amorosa, ayuden desde el cielo a que avance el milagro de la auténtica paz que nadie puede imponer por la fuerza.
Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor. Como el centinela aguarda la aurora: sin verla todavía, pero mirando al este. Mañana amanecerá otra vez. Ustedes, no sé quiénes, no sé cómo, se levantarán y quitarán la piedra del sepulcro.
Joseba Segura, obispo de Bilbao
Catedral de Santiago, Bilbao — viernes 24 de julio de 2026







