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29.05.2009

Emotiva despedida a Don Luis María

Ayer por la tarde, tuvo lugar en la Catedral de Santiago, de Bilbao, el funeral por monseñor Luis María de Larrea, obispo emérito de la diócesis de Bilbao, fallecido el miércoles. Monseñor Blázquez presidió la ceremonia concelebrada por un centenar de sacerdotes diocesanos y ocho obispos, entre los que se encontraban el de León, diócesis de la que D. Luis María fue obispo y el de San Sebastián, monseñor Uriarte, que fue su auxiliar en Bilbao, entre otros. El episcopado de Don Luis María ha sido el más largo de la historia diocesana de Bilbao (16 años) y fue el tiempo en el que se llevó a cabo la Asamblea Diocesana, en la que participaron 20.000 personas en unos dos mil grupos de toda Bizkaia, de la que nació el actual Consejo Pastoral Diocesano. Fue un hombre sencillo, eficiente, afable y prudente, al que le gustaba más escuchar que hablar. Nació el 19 de abril de 1918 en Miraballes (Bizkaia). Fue ordenado sacerdote en el año 1943 en Vitoria, y obispo en 1971 en León, donde estuvo hasta el año 1979 en que fue nombrado obispo de Bilbao. En la homilía, el actual obispo de Bilbao, que fue quien le sucedió en el cargo hace trece años, realizó una completa semblanza que a continuación reproducimos:

“Termina de morir un hombre justo y bueno, un sacerdote intachable, un obispo que apacentó la grey confiada por el Señor con fidelidad y amor, con solicitud y dedicación, con respeto y paciencia. Ha muerto a los 91 años; desde hace bastantes ha vivido en una situación de fragilidad y dependencia; quiero agradecer públicamente a las personas que lo han atendido con amabilidad y esmero en la residencia diocesana de San Vicente. Cuando una sociedad cuida a sus mayores con manos y corazón, con respeto y cariño, particularmente cuando dependen de otros en todo y siempre, está emitiendo signos de alta calidad en humanismo auténtico y amor cristiano.
 En el itinerario histórico de D. Luis-María emergen varios acontecimientos. Recibida la ordenación presbiteral el 27 de junio de 1943, después de haber sido adecuadamente formado en el Seminario de Vitoria, amplió los estudios de Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Salamanca, recién restaurada, y de Derecho Civil en la llamada entonces Universidad Central de Madrid.
 Su ministerio como presbítero transcurrió en el extraordinario Seminario de Vitoria, donde ejerció como formador, profesor y rector. Forjado en aquel Seminario y partícipe del famoso Movimiento Sacerdotal de Vitoria, llevó como impronta la preocupación por la formación y atención de los sacerdotes. Se comprende que la Conferencia Episcopal Española lo eligiera como Presidente de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades. La estancia larga en el Seminario de Vitoria como seminarista primero y como responsable de la formación después le dio a D. Luís-María la oportunidad de conocer a gran parte de sus colaboradores en la Diócesis de Bilbao.
 Fue obispo de la Diócesis de León desde el año 1971 hasta el 1979; agradezco al Sr. Obispo de León su presencia aquí y las muestras de afecto dispensadas a D. Luís-María. En la Diócesis de Bilbao ejerció el ministerio episcopal desde comienzos del año 1979 hasta finales del 1995. El 29 de octubre, en esta catedral, me fue entregado como a su sucesor el báculo pastoral, signo del ministerio episcopal en la Diócesis, en nuestra querida Diócesis.
 Me producen una admiración grande las personas de las que se puede resumir su vida con aquellas palabras de Pablo: “He luchado el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe” (2 Tim 4,7). Esas personas con la acreditación del recorrido vital concluido nos exhortan: “Tú sé sobrio en todo, soporta los padecimientos, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio” (2 Tim 4,5). Es una gracia inmensa aguardar con las lámparas encendidas la corona de la justicia, que el Señor Juez justo, nos dará al atardecer de la vida cuando seamos examinados en el amor.
 A diferencia de los discípulos que al ascender Jesús quedaron plantados mirando al cielo (cf. Act 1,11), como retenidos por la añoranza y el temor, Pablo en la carta a los Efesios, que terminamos de escuchar, pide a Dios para nosotros: “Que ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos” (Ef 1,18). Y Jesús nos conforta en medio de las tribulaciones y desconciertos: “No se turbe vuestro corazón; en la casa de mi Padre hay muchas estancias; voy a prepararos un lugar” (Cf. Jn 14, 1-2). Nosotros los cristianos miramos hacia lo alto pidiendo la fuerza del Espíritu Santo para ser testigos de Jesús; miramos hacia adelante para cumplir la misión que nos ha encomendado; tenemos los ojos fijos en el Señor  que es el que Camino, la Verdad y la Vida. La presencia de Jesús nos da serenidad en medio de las pruebas, atrevimiento para seguirlo por los caminos de la misión hasta llegar a la casa del cielo, hasta recibir la herencia prometida. La esperanza trascendente es como el norte que llevará nuestra nave al puerto. Si no brilla la estrella de la esperanza podemos fácilmente sucumbir a la confusión y al desatino.
 La fisonomía espiritual de D. Luís-María era una permanente invitación a la rectitud, al respeto y a la bondad afable. Fue Mons. Larrea un obispo humilde y paciente. Mostraba exteriormente una finura que, aseguran quienes lo conocieron bien, reflejaba la finura interior. Nunca mostró cara hosca ni semblante adusto.
Siempre me admiró su dignidad como persona y como obispo; la elegancia no era sólo de talle sino también de espíritu. Nunca olvidaré los gestos y detalles de amigo y de hermano obispo que tuvo conmigo cuando comencé el ministerio episcopal en nuestra Diócesis. Su salud no le permitió prestarme la ayuda inestimable de su acompañamiento pastoral.
Cuidaba con sumo esmero, en sus escritos e intervenciones públicas en la situación complicada que le tocó vivir, las palabras y las formas expresivas para que fueran siempre precisas y nunca hirientes. Poseía un sentido hondo de la justicia y de la equidad. Tenía fino sentido del derecho que aplicaba con ecuanimidad y cuidado pastoral, ya que en la Iglesia la ley suprema es la salvación de las almas. Fue buen jurista que captó el espíritu en la letra y animó la letra con el espíritu.
Seguramente el acontecimiento más saliente durante su pontificado fue la Asamblea Diocesana, convocada el día de Santa Teresa de Jesús, el 15 de octubre de 1984, y concluida el día 17 de mayo de 1987. Mons. Larrea y Mons Uriarte, entonces obispo auxiliar de Bilbao y ahora obispo de San Sebastián, a quien saludo cordialmente, condujeron su preparación, celebración y actuación de los primeros años. Participaron miles de personas, hombres y mujeres, y se suscitó una gran esperanza. La Asamblea se propuso la tarea primordial de recibir creativamente el Concilio Vaticano II en nuestra Diócesis. En el acontecimiento de la Asamblea, con sus experiencias, reflexiones y conclusiones, se abrió camino y consolidó después un estilo pastoral que ha tenido una incidencia muy importante, por ejemplo, en el servicio de Cáritas, en el Proyecto Hombre, en la Pastoral penitenciaria. Nuestra Diócesis ha desarrollado los aspectos caritativos y sociales de la fe cristiana de manera relevante y eficaz.
Durante el pontificado de D. Luis-María tuvo lugar en Roma el año 1988 la canonización de San Valentín de Berriotxoa, misionero dominico, obispo y mártir en Tonkin. Merece ser subrayado que en tres años consecutivos hubo beatificaciones de fieles de nuestra Diócesis: En 1983 fue beatificado el sacerdote trinitario Domingo Iturrate, en 1984 Rafaela Ibarra, esposa y madre y fundadora de las religiosas de Angeles Custodios y en 1985 el hermano jesuita Francisco Gárate, que durante 41 años fue portero del Colegio Universitario de Deusto, el más excelente maestro de su claustro.
Santa María Josefa del Corazón de Jesús, fundadora de las Siervas de Jesús, canonizada el año 2000, había sido beatificada en 1992. En la misma celebración postuló la beatificación de la madre María Josefa D. Luis-María, y yo, recién llegado a la Diócesis de Palencia, tuve el honor de hacer la postulación del hermano Rafael Arnáiz, cisterciense de la Trapa de Dueñas, que será canonizado Dios mediante el día 11 de octubre de este año.
La coincidencia de estas efemérides de santidad durante el pontificado de D. Luis-María nos muestra que nuestra Diócesis es buena tierra en que germina la santidad, es decir, la perfección del amor a Dios y a los hombres. Hay raíces profundas y vivas, de las que brotan y madurarán frutos evangélicos. La memoria cristiana promueve la fidelidad y alienta la esperanza.
A la Virgen Nuestra Señora de Begoña hacemos esta petición a favor de nuestro querido amigo y obispo D. Luis-María: Santa María, Madre de misericordia y esperanza nuestra, muestra el fruto bendito de tu vientre a quien termina de abandonar este valle de lágrimas y, concluida ya su peregrinación, llama a las puertas del cielo”.