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11.12.2008

La teóloga Marta Zubía habló de Iglesia y Derechos Humanos

La Iglesia de Bizkaia se ha sumado a los actos que se han venido celebrando durante estos días en todo el mundo para conmemorar el 60 aniversario de la declaración de Derechos Humanos, con un ciclo de conferencias, organizadas por el Instituto Diocesano de Teología y Pastoral, que se han desarrollado en los locales de Barria, en la Plaza Nueva, de Bilbao, ayer y anteayer y en los que han participado la socióloga y miembro del IDTP, Izaskun Sáez de la Fuente, y la teóloga y profesora de Derechos Humanos y cristianismo, Marta Zubía.

El martes, Izaskun Sáez de la Fuente, fue la encargada de abrir las jornadas con su conferencia “Balance sociopolítico y perspectivas de los Derechos Humanos”, un análisis sociopolítico que permitió realizar un ejercicio de memoria histórica. Sáez de la Fuente es  doctora en Ciencias Políticas y licenciada en Sociología y, profesora colaboradora del Instituto de Ciencias Religiosas de Barcelona y de los cursos de posgrado de la Universidad de Deusto.
Ayer, le tocó el turno a Marta Zubía, vicepresidenta de la Asociación de Teólogas de España y miembro del Instituto de Derechos Humanos, Pedro Arrupe, doctora en Teología Sistemática y licenciada en Filosofía y Letras. Esta bilbaína residente en Gazteiz, es además, profesora de Derechos Humanos y cristianismo en la Universidad de Deusto. Zubía pronunció su conferencia “Iglesia y Derechos Humanos: una historia de ambigüedades”, en la que destacó que “los Derechos humanos y la Iglesia, experta en humanidad, han caminado, a lo largo de la historia, por un sendero tortuoso, con una relación ambigua y, en los ámbitos oficiales, conflictiva”, e hizo un interesante recorrido del contexto histórico parándose en diferentes tiempos como el de la Revolución Francesa, la pérdida de los estados pontificios, las guerras mundiales y el Concilio Vaticano II.
Aludió a que la primera vez en que un documento papal se hacía alusión a unos derechos que no fueran exclusivamente espirituales fue en el siglo XX, en que el Papa Pío XI, en su encíclica Divini redemptoris, de 19 de marzo de 1937, hizo una especie de lista de derechos humanos. Y que Pío XII,  en su Radiomensaje de Navidad de 1942, al hablar de los «Cinco puntos fundamentales para el orden y la pacificación de la sociedad humana», puso en primer lugar el respeto a la dignidad  humana y a los derechos, que de ellos derivan y que reconoce como fundamentales e inalienables. 
        También habló del cambio fundamental que comenzó con Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, para culminar con Juan Pablo II: “La Pacem in terris, de Juan XXIII, en 1963, ha sido coniderada por muchos como una gran carta de derechos humanos. Retoma, explícitamente, el texto de la Declaración Universal y lo reconoce como «uno de los actos más importantes cumplidos por la ONU»[…]». 
    Señaló también que “Juan XXIII es consciente de que la Declaración es fruto de un proceso creciente de secularización de todas las instituciones, pero no lo identifica con una negación de Dios, como sus antecesores, sino como señal de la autonomía del ser humano. Es más, considera que la aspiración universal de los seres humanos a una mayor justicia, libertad y dignidad, tal como aparece expresada en la Declaración, no sólo es un motivo de esperanza, sino la base misma necesaria para la identificación de una sociedad más humana, más conforme al Evangelio”.
    En relación a Juan Pablo II dijo que “fue una incansable voz de denuncia de las situaciones de conculcación de los derechos y de inhumanidad en que mantenemos a una gran parte de la humanidad,  así como la indiferencia con la que nos movemos ante ellas, indiferencias que nos ha llevado a las estructuras de pecado”.
    Aunque también se refirió a que “no podemos olvidar la ‘bifurcación’ de la que hablábamos y que lleva a la dicotomía en que vivimos a este respecto, mientras la mayoría de Iglesia tratamos de comprometernos, junto con otras personas, creyentes o no, en la promoción de los derechos humanos, los ‘derechos humanos’  reconocidos por la ciudadanía, la Iglesia oficial sigue hablando de ‘derechos humanos’, refiriéndose a la concepción que ella tiene de los derechos humanos y que le lleva a no poder aceptar las declaraciones, compromisos, documentos, etc. de la ONU referentes a los derechos humanos. En el 2008, las convenciones, declaraciones y protocolos de la ONU relacionados con los derechos humanos rayan los ciento cincuenta y la Santa sede ha firmado trece, tres de ellos con reserva”.
    Tras el recorrido histórico, realizó una reflexión teológica en la que destacó que “hablar de derechos humanos, en un marco teológico, nos lleva a situarnos en el horizonte de la Humanización de Dios, porque la convicción central y específica del cristianismo es la Humanización de Dios: libremente y por puro amor, Dios entra en nuestra historia, se nos da a conocer en el hombre Jesús de Nazareth, en la forma concreta de realizarse su existencia humana: con su vida, su manera de ser, su decir y hacer, su buscar y errar, su rectificar y emprender, nos muestra el camino, nos trae la salvación, nos trae la liberación; porque nos da a conocer el proyecto de Dios, como un proyecto de amor, de que el ser humano, y todo ser humano, sea efectivamente humano”.
Al final de su intervención, habló de “facturas”. “Hablo de facturas y no de retos, porque los retos nos hablan de algo que nos interpela, a lo que podemos responder o no; sin embargo, las facturas se refieren a algo que debemos a otras personas, y que, ineludiblemente, hemos de pagar, si pretendemos caminar por la vida con un mínimo de dignidad”.
En relación a esas facturas dijo que “a mi juicio, la Iglesia entera y no sólo la Iglesia oficial, tiene una serie de facturas: unos, por lo que dicen; otros, por lo que callan; otros, porque miran a otro lado; otros, por indiferencia; otros, porque hacen; otros, porque no hacen…” y, subrayó tres puntos: la Iglesia debe recuperar su misión humanizante y humanizadora; los derechos humanos en la Iglesia y, el reconocimiento de la mujer como sujeto.
Se refirió, entre otras cosas a que “la Iglesia debe ponerse abierta y decididamente del lado de los últimos; con el discurso y con el obrar, desde las personas cristianas más comprometidas hasta el último de la jerarquía” y, denunciar, “como tan bien hiciera Juan Pablo II, el actual ordenamiento mundial en el que la mayor parte de la humanidad queda excluida, reducida a la miseria y sin muchas posibilidades de salir de ella”.

Marta Zubía e Izaskun Sáez de la Fuente |durante la conferencia.