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17.11.2006

Este domingo, día de la Iglesia Diocesana

Este domingo, 19 de noviembre, se celebra el Día de la Iglesia Diocesana bajo el lema “Es tu Iglesia, participa. Zeurea, geurea” , que señala dos tareas: hacer de cada familia cristiana una iglesia en pequeño y hacer entre todos de nuestra diócesis una familia grande. El obispo de Bilbao, Monseñor Blázquez, con motivo de esta jornada ha escrito una carta que, recogiendo una cita del Papa Benedicto XVI, se titula “Quien cree nunca está solo” y que a continuación reproducimos.

     Queridos hermanos y hermanas:

     El Día de la Iglesia Diocesana nos ofrece la oportunidad de descubrir mejor la diócesis, de crecer en la conciencia diocesana y de asumir las actitudes correspon-dientes. Nos da la impresión de que sólo lentamente vamos uniendo la fe cristiana y la pertenencia eclesial; al ser bautizados entramos a formar parte de una comunidad cristiana, de una parroquia, de una unidad pastoral, de la diócesis y de la Iglesia universal. Somos miembros de la Iglesia católica a través de la iglesia local, dentro de la cual existen parroquias, comunidades religiosas, grupos apostólicos. Toda diócesis, nuestra diócesis, es Iglesia en sentido pleno; no es simplemente una organización eclesiástica coincidente más o menos con un territorio histórico o una provincia. Como recuerda el lema de la Jornada de este año, es tu Iglesia, es nuestra Iglesia en su rostro más cercano.

     El cartel puede evocar a su modo la realidad familiar: hombres y mujeres de diversa edad y condición. Nos trae los ecos del Encuentro Mundial de las Familias, que tuvo lugar en Valencia los primeros días del mes de julio. En este sentido, la presente Jornada nos señala dos tareas, a saber: hacer de cada familia cristiana una iglesia en pequeño y hacer entre todos de nuestra diócesis una familia grande.

     Desde el principio del cristianismo se ha comparado a la Iglesia con una familia. La comunidad eclesial es la familia de los hijos de Dios reunida por Jesucristo (cf. Jn 11,52). Por eso abundan los términos familiares: Dios es nuestro Padre a quien invocamos con la confianza de hijos (cf. Rom 8,14-17. Gál 4,4-7). Jesús es nuestro hermano mayor (cf. Rom 8,29; Heb 3,6;10,21); la Iglesia es nuestra Madre (cf. Gál 4,26; 1 Tes 2,7); dentro de esta familia todos somos hermanos (cf. Mt 23,8-12, 1-21; 1 Cor 12-13); el espíritu de esta familia se resume en el amor y la unidad (cf. Gál 6,10). San Pablo escribió a los cristianos de su tiempo y nosotros somos también destinatarios de su carta: Por el bautismo y la vida nueva en Cristo “ya no sois extraños ni forasteros, sino ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de su familia” (cf. Ef 2,19).

     “Quien cree nunca está solo” es una frase feliz de Benedicto XVI, convertida en leit-motiv de su viaje a Baviera (Alemania); con esta pista podemos comprender mejor lo que es la diócesis y cada comunidad cristiana dentro de ella. Al creer hemos atravesado un umbral que nos introduce en la comunicación filial con Dios y en la fraternidad de los cristianos. Ser cristiano es pasar de la soledad, definida como lejanía de Dios Padre y de Jesucristo (cf. Ef 2,12), a la intimidad de los hijos, y de la enemistad e indiferencia en relación con los demás a la fraternidad (cf. Ef 2,13-14). Creer en Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo y formar parte de la Iglesia, presente en cada diócesis, coinciden. Ser cristiano equivale a ser hermano.

     A la luz de lo que precede quiero hacer dos invitaciones.

a)     Hacer de cada familia cristiana una Iglesia doméstica.

     Transmitir la fe constituye el centro de nuestro Plan Diocesano de Evangelización, que debe orientar nuestras actividades cristianas y apostólicas. Queridos padres de familia, formáis con vuestros hijos una iglesia en pequeño. Vuestros hijos son también hijos de Dios. Así como de vosotros aprenden a llamar “aita” y “ama”, que aprendan también a llamar “Aita” a Dios y “Ama, Amatxo” a la Virgen María. Enseñadles a rezar y rezad con ellos; que vayan creyendo y rezando en vuestra compañía. Dios os ha hecho ministros de la vida; os llama a también ser evangelizadores de vuestros hijos. A vuestro lado poco a poco van despertando vuestros hijos a la vida; que también los abráis vosotros al despertar religioso. Sin vuestro amor paternal y maternal apenas encontrarán humus vital para que arraigue en su corazón lo que se les transmita en la iniciación cristiana. A un niño, a una niña no le dicen sus padres: Hijo ve a Misa, sino, hijo, vamos a Misa. ¡Qué satisfacción producen los templos animados con la vitalidad de los niños! No olvidemos los adultos aquellas palabras de Jesús: “Dejad que los niños se acerquen a mí” (cf. Mt 19,14). Vuestro ejemplo, queridos padres, es guía inapreciable para su conducta moral.

b)     Hacer de la diócesis una familia grande

     Nuestra sociedad es actualmente con mucha frecuencia inhóspita para los cristianos; nos hallamos como en un ambiente extraño y casi hostil. En esta situación comprendemos y apreciamos mejor el don de la fraternidad cristiana y la familia de la fe. Y por ello las palabras del Papa “quien cree nunca está solo” nos señalan un quehacer muy actual en la construcción de cada comunidad. Hemos venido a la fe por medio de otros, vivimos la fe como en familia, estamos llamados a transmitir a otros la fe y acompañarlos en su crecimiento y maduración. Los cristianos debemos estar atentos para acercarnos a las personas cuando sufran no sólo por motivos de enfermedad y otros problemas familias o sociales, sino también porque padecen crisis, incertidumbres y oscuridad en la fe.

     Hacer de la diócesis una familia significa favorecer la participación de todos. Entre todos como piedras vivas (cf. 1 Ped 2,4 ss.), con la fuerza del Espíritu Santo, vamos construyendo la casa de Dios (cf. 1 Tim 3,15; Heb 3,6). En esta edificación todos somos necesarios y nadie es imprescindible. Colaboramos para hacer de nuestra diócesis una Iglesia vigorosa en la fe, por la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la participación en la Eucaristía dominical; una iglesia que transmita la fe a los niños, adolescentes y jóvenes; una Iglesia con abundantes vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada; una Iglesia acogedora de los inmigrantes, hospitalaria con los que no tienen hogar, cercana a los pobres y marginados; una Iglesia pacificada y socialmente pacificadora. Pidamos a Dios que se robustezca la unidad interior y la comunión con la Iglesia universal presidida por el Papa, obispo de Roma y sucesor de Pedro. ¡Que acreciente nuestra vitalidad cristiana para que aumente nuestra capacidad evangelizadora!

     En el regazo de la Virgen de Begoña depositamos nuestras esperanzas y necesidades.