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07.05.2010

“Hoy hemos querido realizar una jornada de ayuno para percibir en nuestra carne las necesidades y ‘ayunos’ de nuestros hermanos”

Estas palabras fueron pronunciadas ayer por nuestro Obispo Administrador Apostólico, Mons. Mario Iceta, durante la celebración del “Gesto Diocesano 2010”, en la Basílica de Begoña. El templo se llenó para esta ceremonia que sirvió de broche final al “gesto” con el que la Diócesis ha querido incidir en la importancia de la solidaridad con quienes más lo necesitan.

Durante el acto de ayer, se recordó constantemente y mediante numerosos “gestos” a sus principales destinatarios, las personas que más duramente están siendo afectadas por la actual crisis: concretando cifras, cada día, en los comedores sociales de Bilbao, comen 358 personas y cenan 215. A la noche, 82 personas encuentran un lugar donde dormir, pero detrás de estas cifras están las personas con nombres y rostros concretos, hay mucha gente que sufre: Enfermedades, alimentación insuficiente, soledad, miseria, falta de hogar, inseguridad, angustia, complejos, críticas, fracaso,…

Una celebración llena de “gestos”

Los “gestos” fueron numerosos en el desarrollo del acto de ayer. Por ejemplo, se hizo una llamada a mirar la realidad a través de símbolos habituales para quienes no tienen hogar: los cartones, la manta, la mochila… También participaron personas que fueron leyendo testimonios reales de quienes sufren estas situaciones, y, a la hora de aportar los donativos, en vez de pasarse las bolsas a lo largo del templo, los asistentes fueron acercándose al altar, para depositar su colaboración. El rezo del Gure Aita todos juntos de la mano y el canto del himno a la amatxo de Begoña, cerrarron el acto.

Monseñor Iceta, durante su intervención, destacó que este gesto diocesano “quiere ser signo de nuestro compromiso cotidiano de contribuir a paliar las necesidades de nuestros hermanos y de vivir con la austeridad propia de los discípulos de Jesús”. A continuación, reproducimos íntegramente sus palabras:

Senide maiteok, queridos hermanos y hermanas.

1. La resurrección del Señor constituye el centro de la historia humana y el núcleo de nuestra fe. Cristo resucitado inaugura la nueva creación y, con ella, un modo nuevo de establecer y sustentar las relaciones humanas y la posibilidad de construir una nueva sociedad que sea la morada digna de una humanidad nueva.

Jesus Jaunaren biztueran dago gure fedearen oinarria, gure historiarenerdigunea eta bizimodu barri baterako abiapuntua. Jainkoaren seme-alabak gara; hau da, alkarren neba-arrebak. Fededun lez, anaitasun hori agertzera deituak gara.

2. El mandamiento del amor debe constituir la dinámica que propicie el establecimiento de un nuevo orden económico y social. El Señor nos ha mandado: “amaos unos a otros como Yo os he amado” (Jn 13, 34). En este tiempo de crisis, este mandato se hace, si cabe, aún más apremiante. Son muchas las personas y las familias que en nuestro propio entorno están sufriendo angustiosamente las consecuencias de la crisis. No debemos olvidar las raíces morales de esta situación (la ambición desmedida, el afán de lucro a toda costa, el materialismo, el hedonismo), que reclaman de nosotros y de las diversas instituciones sociales el adecuado análisis y diagnóstico de sus causas. Ello conlleva, así mismo, la preocupación por acometer las reformas estructurales necesarias que sitúen a la persona humana como el fundamento y referencia de toda actividad económica y financiera, a quien éstas deben respetar, servir y promocionar.

Jainkoa maitasuna dala autortzen dogu. Bere maitasunaren testiguak izan nahi dogu. Bere bihotza zabaldu eta luzatu gura deutsegu behartsu guztiei, batez ere krisialdi honek gure artean gogor astindu dituenei.

3. Como discípulos de Jesús estamos llamados a dar respuesta a esta situación de penuria para muchos hermanos nuestros. Jesús mismo, en el episodio de la multiplicación de los panes, nos apremia: “Dadles vosotros de comer” (Mt 14, 16). El gesto diocesano que hoy realizamos quiere ser signo de nuestro compromiso cotidiano de contribuir a paliar las necesidades de nuestros hermanos y de vivir con la austeridad propia de los discípulos de Jesús. Él mismo nos recuerda: “Nadie puede servir a dos señores, porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o estimará a uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios ya las riquezas” (Mt 6, 24). En nosotros, el Señor prolonga su cuidado por toda la humanidad; encuentra la prolongación de su corazón, de sus manos, de su ternura y de su entrega para salir al encuentro de toda persona que necesita acogida y acompañamiento, en una palabra, que precisa ser amada y percibir que es preciosa a los ojos de Dios.

4. Jesús, en la Eucaristía, se hace don para nosotros, repartiendo sin medida su Cuerpo y su Sangre, entregándose hasta el extremo. Él nos ha enseñado y, con su gracia, nos ha capacitado para hacer lo mismo, constituyéndonos en don para los demás. La Eucaristía nos mueve a compartir lo que somos y tenemos con nuestros hermanos, posibilitando el establecimiento de una auténtica fraternidad, de un nuevo modo de amar que sobre pasa todo límite y frontera, y que encuentra su fundamento en el “amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones” (Rm 5,5). Si Dios no nos convierte el corazón por medio de su Espíritu, la nueva morada de una humanidad verdadera carece de fundamento real y permanente.

Fededunok eukaristian alkartzen gara sarritan, domekero. Hor hauxe ospatzen dogu: Jainkoak gurekin bat egin dauala Jesukristoren bitartez, eta bere Espiritua emon deuskula, bere antzera jokatzeko. Gure kanta eder bati jarraituz, “batasun honek eskatutzen dau arimak ere bat egin, buru-bihotzez bizi gaitezen bat eginikan Zurekin” (“Azken afari ezkeroz Jauna”). Hau da, Jesukristorekin bate egiteak alkarren artean bat egitera bultzatzen gaitu.

5. Hoy hemos querido realizar una jornada de ayuno para percibir en nuestra carne las necesidades y “ayunos” de nuestros hermanos, que también son nuestra propia carne, y que están padeciendo las consecuencias de la crisis. Queremos, así mismo, compartir con ellos nuestros propios bienes. Para ello recordamos la institución bíblica del diezmo, en el que se nos recuerda la necesidad compartir con los necesitados una parte concreta de nuestros bienes. En concreto, la Escritura habla de la décima parte. Me consta que muchos de nuestros hermanos lo hacen. Ello irá destinado a los comedores sociales y a la asistencia de las personas sin hogar. Ello también nos ayuda a vivir desprendidos de los bienes que tantas veces nos esclavizan y nos quitan la libertad y la alegría. Lo queremos realizar en clima de oración, pidiendo al Señor con insistencia que nos de la capacidad de vivir nuestra existencia en perspectiva de libertad, fraternidad y comunión, como fruto del Espíritu en nuestros corazones y en su Iglesia, que es el don maravilloso de la Pascua.

6. En esta Basílica, en la casa de nuestra Amatxo, ante su imagen bendita, le pedimos a Ella que nos acompañe en nuestra respuesta generosa al mandato de Jesús: “Dadles vosotros de comer” (Mt 14, 16). Que este gesto que hoy realizamos sea expresión de nuestra actitud cotidiana de amor, apertura del corazón y entrega sincera a Dios y a nuestros hermanos, principalmente a los más pobres y necesitados.